De los casi 70 mil muertos que dejó la guerra antisubversiva en Perú, hoy sólo se han identificado 22.507 víctimas. Así se dejan en el olvido a un centenar de almas secuestradas en el Perú rural, andino y selvático, quechua y ashanika. 

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Han transcurrido más de 20 años desde la captura de Abimael Guzmán – uno de los grandes líderes subversivos del siglo XX – y del repliegue del grupo maoísta Sendero Luminoso. Vale la pena mirar en retrospectiva para dar luces del complejo y maquineado proceso de violencia que vivió Perú, durante el gobierno de Alberto Fujimori. Así también podemos tensionar esta especie de apología al senderismo que quedó impregnada en los imaginarios de muchos, quienes lejos de comprender la realidad peruana, se casan con símbolos y doctrinas que ocultaron grandes procesos de violencia en zonas rurales. Este artículo busca reconstruir parte del panorama político que vivió Perú con la llegada de Alberto Fujimori, para poder visibilizar a un campesinado fragmentado por los usos de la violencia y postergados por la distancia territorial y étnica que los separa de los centros productivos del país. Campesinos quechua hablantes, pobreza, sangre y fusil fueron los protagonistas del escenario que inundó la lucha contrasubversiva de los años 80 y 90 en Perú. Sendero Luminoso, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), las Fuerzas Armadas (FFAA), ronderos y la manipulación política marcaron la historia más cruda del país andino en su era republicana. Fujimori y su partido Cambio 90 asumieron la dirección del país en 1990, consagrando su imagen en 1992 con la captura de Abimael Guzmán. Un hecho que entendemos como un acto más simbólico en la derrota a Sendero Luminoso, ya que el repliegue del movimiento se debió realmente al enfrentamiento contra las rondas campesinas, quienes ejercieron la lucha a través de su organización y la necesidad de la supervivencia.

Escenario de guerra

f-icono10A fines de la década de los 70 surgió el grupo maoísta Sendero Luminoso como fracción del Partido Comunista peruano. Luchaban contra la corrupción e ineficiencia del Estado peruano y rápidamente su accionar se concentró en zonas rurales, donde buscaron encontrar al sujeto revolucionario. Singularmente, las primeras víctimas de esta guerra no fueron integrantes de las cúpulas políticas y económicas del país, sino campesinos.

Años más tarde, en 1984, se formó el MRTA de corte marxista leninista, que también apuntaba contra la corrupción del tan cuestionado Estado peruano. Para ese entonces el campesinado venía sufriendo años de violencia y saqueo, lo que dio pie a la militarización oficial de las zonas rurales.

En 1990 Fujimori fue electo presidente con gran apoyo popular. El contexto guerrillero, desarrollado desde la década de los ochenta con la consolidación de los grupos armados Sendero Luminoso y MRTA, le sirvió a Fujimori para dirigir parte de su campaña contra la derrota del terrorismo. A través de un estilo personalista de liderazgo, estableció diversas alianzas con las FFAA, los sectores populares y el empresariado. También supo utilizar la globalización y los medios de comunicación para constituir el “marketing político” de su gobierno, construyendo una imagen mesiánica que buscó generar y consolidar su arraigo popular. Así se estableció una inseparable conexión entre neoliberalismo y neopopulismo.

Privatización de la violencia y el surgimiento de las rondas campesinas

La violencia y el terrorismo senderista eran una de las principales preocupaciones de los peruanos, específicamente de las zonas rurales. La violencia indiscriminada que generó Sendero Luminoso, y posteriormente el MRTA, motivó al campesinado peruano a organizarse en las rondas campesinas cuyos miembros, en su mayoría, no hablaba castellano.

Las primeras nacieron en los años 70 en el valle de Apurimac, específicamente entre Ayacucho y Cuzco y más hacia el norte en Cajamarca. Se organizaron como Comités de Defensa Civil (CDC). Su surgimiento fue una respuesta al gran nivel de violencia y el abandono estatal.

Las rondas se originaron como organizaciones comunitarias de defensa civil, compuestas por campesinos que, enjaulados en su propia tierra, debieron iniciar una lucha armada para defender a familiares y bienes. Todo en un escenario donde los secuestros, saqueos y asesinatos en público, se transformaron en una constante.

En medio de las adversidades de la guerra y la pobreza, surgió una alianza peligrosa entre ronderos, cocaleros y narcotraficantes (Del Pino, 1996, p.119). El narcotráfico se encargó de financiar la organización armada de los CDC, hasta que estos últimos recibieron una ayuda directa del gobierno peruano.

“Lo que sucedía en el campo, bueno, pues eran cosas de indios quizás…” Testimonio de Edilberto Oré. Audiencia Pública Temática sobre Violencia Política y Comunidades Desplazadas, 12/12/2002. (Informe Final Comisión de la Verdad y Reconciliación. p.101)

En 1983 las FFAA tomaron el control político de los sectores campesinos, estableciendo la lucha directa contra Sendero Luminoso y propagando el discurso que igualaba indio a subversión. Se cerraron mercados y accesos a la zona, lo que desencadenó grandes niveles de pobreza. La FFAA actuó muchas veces con una brutal represión hacia el campesinado, el cual tuvo que sufrir las consecuencias de la violencia étnica y racial proveniente no sólo de las FFAA, sino también de los grupos senderistas.

Ser campesino equivalía a ser terrorista o soplón, su componente étnico era un factor utilizado para la violencia y discriminación. Un testimonio extraído de la Comisión de Verdad y Reconciliación (2003, p.109) relata el trato recibido por un campesino, luego de ser tomado preso por sospecha: “‘Ahora te vas a pudrir carajo”, así me han dicho. Y después han venido a la cárcel y me han dicho: “a este indio de una vez hay que mandarlo al Cusco, allí ya que muera”.

Aunque el conflicto se desató en Ayacucho, desde mayo de 1980, diversos sectores del país fueron prácticamente indiferentes a este drama. No fue hasta que la violencia alcanzó a los “ciudadanos” que la tragedia tomó otro color. Algunos analistas lo han considerado como una discriminación racial, frente a la categorización de víctima. Como al principio los asesinatos y violaciones a los Derechos Humanos sucedieron en zonas alejadas de la urbe y con sujetos considerados atávicos, el conflicto era casi invisible para quienes parecían estar viviendo en otro país.

El campesino, lejos de ser el idílico sujeto revolucionario, se transformó en la principal víctima de la batalla desatada entre sendero, las FFAA y el MRTA. Pero no se trató de una víctima pasiva, sino que fue capaz de levantarse por la elemental necesidad de vivir sobreviviendo.

Rondas campesinas con machete y fusil

f-icono06Una de las relaciones más importantes que estableció el líder neopopulista, fue la mantenida con las Rondas Campesinas. Fujimori construyó una imagen mediática muy potente de éstas, relacionándolas con la defensa a la patria y la nación. Así le otorgó una visibilidad trascendental a un sector de la población que había sido relegada al silencio y abandono que sufrían las zonas rurales.

Primero, el campesinado se dotó de armas rudimentarias, pero con la llegada de las FFAA a las zonas, las armas fueron desplazadas por fusiles, escopetas, metralletas y revólveres entregados por el mismo gobierno. Por ello, Ponciano del Pino (1996) denomina este proceso como “la militarización del valle”, ya que en 1991 se consolidó el comando unificado y operativo para nacionalizar la lucha contra los grupos subversivos, presidida por el presidente e integradas por civiles. Asimismo, se estableció una organización militar colectiva dirigida desde la nueva estrategia contrasubversiva de las FFAA y el Estado. Se consolidó también una reestructuración del sistema de defensa nacional, lo que puso en tela de juicio la idea de que sólo las fuerzas armadas eran titulares del monopolio de las armas.

En 1990 ya existían más de mil CDC y rondas campesinas armadas. Un año después el gobierno propuso el decreto legislativo 471, el cual “permitía la entrega de armamento del Estado y que reconocía los comités de autodefensa” (Tapia, 1997, p.73). Los campesinos fueron incorporados a los desfiles militares cargados de armamentos fabricados por la marina y el ejército. Apelando a una imagen de defensores de la patria, y a un discurso étnico racial, Fujimori resaltó estéticamente las características de la población andina, destacando su relevancia en el proyecto de orden y estabilidad político y social que buscaba generar el presidente peruano.

Fujimori se presentaba como el principal defensor de las rondas. “En 1990 oficiales quechua-hablantes se desplazaron a las altas planicies de Ayacucho y Huancavelica, vestidos con ponchos y chullos, para urgir a sus ‘hermanos campesinos’ a alzarse en armas contra ‘los enemigos del Perú’. ‘Ronderos y Fuerzas Armadas, juntos construiremos un Perú de paz’” (Starn, 1999, p.229). Con este discurso el presidente también se  paseaba en helicóptero entregando alimentos y armamento, elogiándolos como verdaderos defensores y grandes patriotas. Sin embargo, el eco que generó en el campesinado no se debió exactamente a un apoyo a su figura política, sino que respondió a la necesidad de supervivencia del paupérrimo campesinado.

Es difícil creer que los campesinos se sintieran identificados con un Estado nacional que no los representaba. La necesidad de protección los obligaba a ser parte de la sociedad peruana, pasando de ser ignorados a convertirse en  representantes de una patria que aún no conocían por completo, una patria imaginada. Del olvido al protagonismo cívico, y luego a la subalternidad, bajo esos senderos deambularon los campesinos que iniciaron la autodefensa civil en los andes peruanos. Este grupo desarrolló una labor trascendental por la defensa de sus propias vidas y por la continuidad de su identidad campesina andina, unificada en un “otredad” en los andes peruanos.

La derrota a Sendero Luminoso

f-icono05La derrota a Sendero y la captura de Abimael Guzman, en septiembre de 1992,  glorificó la imagen de Fujimori, olvidando que el triunfo de la guerra se desarrolló a manos de civiles. Tras la derrota al grupo armado, la rápida inserción que habían vivido los campesinos se fue desintegrando, colocándolos nuevamente en la subalternidad y en la periferia “olvidada” de la sociedad peruana.

Narcotráfico; malversación de dineros fiscales; instrumentalización de campesinado; violencia étnica y racial; abuso; deshumanización y vergüenza no alcanzan para describir los veinte años de tragedia que vivió Perú. Además, esto no terminó con la captura del líder senderista, pues posteriormente las zonas siguieron militarizadas. Ser indio seguía siendo sinónimo de peligro, mientras la imagen de Fujimori brillaba a toda luz en los medios de prensa peruana comprados con dineros del Estado.

Debido al racismo y la subestimación como ciudadanos de aquellas personas de origen indígena, rural y pobre, la muerte de miles de quechua hablantes pasó inadvertida para la opinión pública nacional. Su ausencia y el clamor de sus familiares no fueron suficientes para constituir una memoria pública activa e influyente. Durante los años de violencia resultó más fuerte la distancia que separa a la mayoría de víctimas y al resto de la población peruana (Comisión de Verdad y Reconciliación, p. 103).

Hoy la memoria peruana silencia esta inconmensurable tragedia, a pesar de haber causado muchas más víctimas que el periodo dictatorial (1968-1980). A pesar de que sus víctimas superan las de la dictadura chilena. A pesar de la terrible deshumanización del ser humano. Las causas no se comprenden: ¿origen geográfico o étnico? ¿Vergüenza? ¿Trauma? Si el trauma silencia, prefiero creer que somos una humanidad traumatizada. Hoy, cuando la muerte de un comunero mapuche viene justificada de antemano por su categoría étnica, cuando ser mapuche es sinónimo de terrorismo, Chile también calla. 

Por Camila Baracat Vergara para revista multiverso