Por Huerquén Comunicación en Colectivo

Las semillas y los pueblos nos hemos criado juntos. El ciclo ancestral de plantar, guardar semilla para la próxima cosecha y realizar intercambios de estas, fue el camino que posibilitó la creación de la diversidad de alimentos que trajo a la humanidad adonde está ahora. Las semillas que nos alimentan fueron desarrolladas por generaciones de campesinos e indígenas que las cultivaron y mejoraron en cada ciclo de plantar, sembrar y volver a plantar. Más de 10.000 años de crianza mutua donde el intercambio de semillas viene siendo la clave.

Desde la llamada “Revolución Verde” las corporaciones de la industria agroalimentaria como Monsanto, Dow, Syngenta, Pioneer y tantas otras, han avanzado en instalar un discurso según el cual sin sus desarrollos biotecnológicos no seremos capaces de alimentar a los miles de millones que seremos en pocos año, y que el sistema campesino e indígena es incapaz de hacerlo, aún cuando a nivel mundial es de esas manos y de ese sistema que proviene más del 70% de los alimentos que consumimos según FAO.

Esta lucha es global

En Argentina desde la aprobación de la Soja RR en 1996, las corporaciones del agronegocio vienen avanzando en la consolidación de su “modelo de negocios” de la mano de los distintos gobiernos, independientemente de su signo político.

A la extensión de la frontera agropecuaria, la captura del complejo universitario y científico, la neutralización de los organismos de control, el maridaje con los grandes medios de comunicación, se agrega el avance en modificar la legislación vigente para profundizar el control corporativo sobre toda la cadena de producción y comercialización agroalimentaria.

La modificación de la Ley de Semillas (nro. 20247) para adecuarla a los criterios de UPOV 91 es el siguiente paso: la profundización de los “derechos de obtentor”, la posibilidad de apropiarse de toda nuestra biodiversidad y criminalizando la forma tradicional de uso e intercambio de semillas.

En este trabajo, de la mano de Carlos Vicente, Norma Giarraca y Soledad Barruti, desarmamos la trama de este nuevo intento de modificación de la Ley de Semillas, y nos abocamos a la reflexión sobre las consecuencias que el avance de las corporaciones del agronegocio tiene para nuestra vida cotidiana, vivamos en el campo o en las ciudades. Las semillas, como parte de nuestro patrimonio común, nuestra alimentación, nuestra salud, y nuestra democracia son nuevamente jaqueadas y corren peligro si no le ponemos límites políticos al agronegocio.

Este es el capítulo argentino de una lucha que es global y que en Nuestra América viene tomando forma concreta en cada uno de los países en los que estamos divididos. Desde Colombia con la 9.70 y Chile con la “Ley Monsanto”, hasta Guatemala y Costa Rica los intentos de adecuar las legislaciones sobre las semillas a los criterios privatistas de UPOV 91 se encuentran con fuertes resistencias de organizaciones de lo más variopintas: campesinas, indígenas, ecologistas, ongs, y sectores estudiantiles y urbanos. Y venimos pudiendo impedir que avancen con enormes triunfos en Colombia, Guatemala y Chile por ejemplo.

En nuestro subcontinente hay dos realidades: por un lado los países que tienen firmado “tratados de libre comercio” con Estados Unidos, que por esos acuerdos están obligados a adecuar sus legislaciones a UPOV 91, y los que sin haber firmado ese tipo de tratados sufren los embates de las corporaciones en idéntico sentido.

Hay una tercera realidad americana: Venezuela. Ahí después de un proceso de más de 2 años de debate y encuentro de 150 organizaciones de base y 160 instituciones y centros educativos, lograron consensuar un proyecto popular de Ley de Semillas que abre un camino que desmiente por sí mismo un horizonte donde sólo nos queda resistir el embate corporativo. El artículo 1 de ese texto es de por sí elocuente de su espíritu: “La presente Ley tiene por objeto preservar, proteger, garantizar la producción, multiplicación, conservación, libre circulación y el uso de la semilla, así como la promoción, investigación, distribución y comercialización de la misma, desde una visión agroecológica socialista, haciendo especial énfasis en la valoración de la semilla indígena, afrodescendiente, campesina y local, que beneficie a la diversidad biológica, y ayude a la preservación de la vida en el planeta a fin de consoli- dar nuestra seguridad y soberanía alimentaria, prohibiendo la liberación, el uso, la multiplicación, la entrada al país y la producción nacional de semillas transgénicas y prohibiendo las patentes y derechos de obtentor sobre la semilla.”

Esta lucha camina toda Nuestra América, y en ella se enmarca este trabajo.

Este trabajo se hizo para abrir un debate necesario y urgente en la sociedad argentina, urbana o rural: -¿De qué hablamos cuando hablamos de semillas? Nuestra evolución y nuestro presente como especie – Monsanto, soja y el lobby corporativo – ¿Qué dice el texto del Anteproyecto de Ley de Semillas? – ¿Qué son los Derechos de Obtentor? – ¿Qué tiene que ver con la vida cotidiana de lxs que vivimos en las ciudades? – Los agronegocios en la Argentina, el Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2020 – ¿Puede convivir el agronegocio con una agricultura familiar (campesina e indígena)? – Un?a? lucha que recorre toda Nuestra América!!! – los espacios que desde la Agroecología y con norte en la Soberanía Alimentaria, vienen construyendo otros modos de hacer y ser en este presente.

Ojalá que esta publicación en Facción sirva para tender nuevos y ricos lazos y encuentros entre quienes estamos en esta lucha por la vida.

“Las semillas no son una mercancía, son patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad!”