Por Myrna Cappiello para FACCIÓN

“La antigua idea de que las palabras tienen poderes mágicos es falsa, pero esa falsedad implica la distorsión de una verdad importante. Las palabras tienen un efecto mágico… aunque no en el sentido en que suponían los magos, ni sobre los objetos que estos trataban de hechizar. Las palabras son mágicas por la forma en que influyen en la mente de quienes las usan.”

Aldous Huxley

Foto: Nadia Nicolau / Cobertura Colaborativa FACCIÓN

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“Crimen pasional de película”, “mató a su novia por celos”, “la apuñaló porque lo engañó”, eran algunas de las expresiones más utilizadas por los medios de comunicación argentinos cuando se trataba del homicidio entre parejas, novios, concubinos, exparejas o amantes, quienes tenían entre sí una relación sentimental. El 78% de las veces eran cometidos por los hombres contra las mujeres. Socialmente naturalizadas, las palabras matizaban crímenes aberrantes, nacidos de la desigualdad y la violencia de género; el lenguaje verbal, el principal medio a través del cual se organizan los pensamientos y sentimientos, ayudaba a percibir un modo determinado –distorsionado– de la realidad. Porque como ya lo había dicho Ludwuig Wittgenstein –el filósofo y lingüista británico de origen austríaco-, “los límites del lenguaje de una persona son los límites de su mundo”.

La gran mayoría de los mal llamados “crímenes pasionales” eran cometidos por hombres a mujeres por su condición de ser mujer –aunque esto no era visibilizado aún pese a la denuncia de diversas organizaciones–. Se intentaba con frecuencia buscar motivos para justificar el hecho que, en realidad, era la culminación de un vínculo de violencia que no había comenzado, en la gran mayoría de los casos, ni siquiera con un golpe. Un adjetivo atractivo, ligado al placer, al deseo, intentaba soslayar los verdaderos motivos del asesinato cometido al lado de la palabra “crimen”.

Se cuestionaba a la mujer, que aparecía como sospechosa, hablando de engaños, mentiras, relaciones ocultas, que habrían alterado al agresor. Cosa que permitía hablar de emoción violenta, de circunstancias que pueden incluso reducir la pena cuando se juzgan dichos delito, dejándolos impunes. Sólo era un problema individual. Por entonces, “violencia de género” o “violencias hacia las mujeres” no eran parte del vocabulario de la prensa cotidiana. La palabra “pasión”, asociada a distintas órdenes de la vida, al deporte, a la música, a la política, era limitada a cuestiones sentimentales. Ningún otro tipo de asesinato era nombrado así. Parecía natural que una relación pueda culminar con la aniquilación de uno de sus miembros. ¿Había que acostumbrarse? ¿Era posible, aceptable, general? ¿Él la amaba demasiado? ¿La mató la pasión?

Foto: Nadia Nicolau / Cobertura Colaborativa FACCIÓN

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Ante la ausencia de estadísticas oficiales, distintas organizaciones de mujeres tomaron la decisión en los últimos años de llevar el registro de los femicidios publicados en medios gráficos y digitales. Según La Casa del Encuentro a través del Observatorio de Femicidios en Argentina Adriana Marisel Zambrano, hubo 1808 femicidios registrados en los últimos 7 años. Del informe elaborado en el 2014, se desprende que 277 mujeres y niñas murieron por cuestión de género en la Argentina.

La Red PAR –Periodistas de Argentina en Red, por una comunicación no sexista– organización que une a comunicadoras/es de América Latina, Caribe, España e Italia, difundió un Decálogo, hace ya tres años, para el tratamiento periodístico de la violencia contra las mujeres, sugiriendo modos posibles de trabajar la información sin vulnerar los derechos, respetando a las víctimas y revalorizando el rol de los comunicadores.   Así, mientras que el movimiento de mujeres y las organizaciones sociales se potenciaron, se multiplicaron las denuncias por violaciones, femicidios y otras formas de violencia, y tomaron mayor visibilidad, los medios de comunicación empezaron a poner un poco de luz a tanta negación, y se vieron obligados a repensar sus propias prácticas, a utilizar las palabras justas.

Foto: Nadia Nicolau / Cobertura Colaborativa FACCIÓN

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El término “femicidio”, desarrollado por la escritora estadounidense Carol Orlock en 1974 y utilizado públicamente en 1976 por la feminista Diana Russell, ante el Tribunal Internacional de Los Crímenes contra las Mujeres, en Bruselas, hoy ya no es una rareza para la mayoría de la población. La denuncia de una de las formas más extremas de violencia hacia las mujeres, el asesinato cometido por un hombre hacia una mujer a quien considera de su propiedad, ayer fue discutida en todo el país como nunca había ocurrido. Quizás, por primera vez, de forma tan mediática y masiva. Las palabras, que parecen tener poderes mágicos por la influencia que tienen sobre la gente, fueron un poco más ajustadas a la realidad. La distorsión tuvo que retroceder, aunque no implica que haya desaparecido.

Foto: Nadia Nicolau / Cobertura Colaborativa FACCIÓN

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¿Acaso sea ésta una nueva posibilidad para el movimiento de mujeres que viene luchando desde hace décadas en el país? ¿Un camino posible para profundizar los debates y reclamos, exigir el cumplimiento de derechos y justicia para las víctimas? ¿Para ayudar a desenmascarar las formas de violencia encubiertas, que pueden ser reveladas en una mirada, en un gesto, en frases sueltas que simulan incoherencias o en la perversidad del silencio? Serpentear cada tabú hasta hacerlo palpable es más que una tarea engorrosa. Y es pronto para analizar los cambios que Ni una menos dejó. Pero, en definitiva, las agujas del reloj corren. Y si nada cambia, en minutos otra mujer será asesinada sólo por ser mujer.