Fotografía PRENSA OPAL

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Yo no hago apología de la violencia.

De hecho, creo que el proyecto de transformación profunda del mundo es precisamente la superación social de la violencia, creo que la Revolución es un proyecto Noviolento. Es decir, la superación de la explotación, de la opresión y de la dominación.

Pero no vengan con eso de que “hay que condenar los hechos de violencia, porque son siempre injustificables” a propósito de la destrucción o el saqueo de una conocida cadena de farmacias, de un local de Claro, de una sucursal del Banco Santander. No se puede ser tan simplista, tan pequeño, tan banal para tener al frente la destrucción material de locales de las empresas que se coluden, que arman carteles, que cobran intereses ilegales en buena parte del mundo -pero legales en Chile-, que sacan a remate las casas de jóvenes endeudados ¡por estudiar!, que son símbolo del abuso que corroe nuestro país… y sólo decir que hay que condenar automática e irreflexivamente esos hechos.

No. Yo me opongo, yo me resisto a esa imposición de obsecuencia, a ese intento de que todos debamos obedecer a lo que dice la autoridad, a lo que dice la prensa oficial.

Fotografía PRENSA OPAL

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No. Yo me opongo a que la única respuesta, repetida incansablemente por los mismos de siempre, sean los llamados acusadores, las lógicas de castigo, la idea de que el mundo solo funcionará bien si es una gran cárcel de obedientes no-ciudadanos que a lo único que pueden aferrarse es a tener gendarmes en todas las esquinas.

Yo hago un llamado a NO “condenar la violencia” porque se saquea el local de una cadena de farmacias o porque se trata de incendiar la sucursal de un banco transnacional. Yo hago un llamado a atender esos actos, a comprender porqué un pequeño negocio frente a la Torre Entel (telecomunicaciones) puede permanecer abierto y funcionando sin recibir daños de encapuchados o carabineros -algo que aseguro porque lo vi con mis propios ojos-, mientras a metros de distancia una sucursal telefónica recibe la furia, la rabia, la ira dirigida de decenas de personas. Yo hago un llamado a entender profundamente esa violencia, y a hacer oídos sordos a la barbarie profunda que es la condena automática y vociferante, la condena como acto reflejo e irreflexivo, que se acerca tanto a una especie de fascismo disfrazado de sentido común.

Ante la violencia callejera, yo abogo por reflexión, por el ejercicio crítico, por el intento de entendimiento cabal. ¿Cómo no va a ser motivo de cuestionamiento el que las compañías más destacadas del mercado sean el foco de saqueos y vandalizaciones? ¿Cómo no preguntarse por qué Carabineros, supuestamente la institución más valorada por los chilenos, genera tal nivel de agresividad hacia sus funcionarios?

No se construye democracia desde las frases hechas, desde la condena boba, desde la suspensión del cuestionamiento. Se hace democracia precisamente al revés, cuestionando, preguntando, reflexionado sobre el tipo de país que se ha construido en Chile. Preguntándose por qué esas marcas que vemos con su publicidad en todas partes y esa institución que está en todo el país, motivan tanta ira y tanta bronca.

Con la pregunta, tal vez, podamos abrir camino en alguna dirección. Con la condena que no cuestiona, tenemos la certeza de que no avanzaremos hacia ninguna parte. Tenemos la certeza de que hay algunos muy interesados en que no se aborde lo central de todo esto, las razones profundas de la violencia callejera.

Porque temen que salga a la luz lo que todos sabemos: que las razones de esa violencia se hunden en las ciénagas profundas y oscuras del modelo económico y social chileno. Y que por eso los símbolos más notorios de ese modelo -las grandes compañías y la policía- son los objetos de tantas agresiones.

Ignacio Torres,
Estudiante de Pedagogía en Castellano USACH
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