por Fede Abib para FACCIÓN

Desde la primera noche se escucharon comentarios celebrando su participación. Una liderança del MTST estaba en ELLA 2015. Una vez comenzadas las plenarias y mesas, la busqué entre las compañeras de Brasil, su presencia era apenas perceptible. Algo me desencontraba con las fantasías que me había hecho de una liderança de izquierda.

ELLA 2015

Foto: Cobertura Colaborativa FACCIÓN

La tarde del sábado aproveché las ferias para acercarme a conversar con ella; fui con la misma curiosidad que recorrió mi conversa con otras compañeras. ¿Qué es una agenda del movimiento de mujeres? ¿qué diferencias tiene con una agenda feminista? Apenas unos minutos alcanzaron para encontrar una palabra que la identifique: humildad. Las manos curtidas, la voz firme, abundante cabello recogido por un pañuelo blanco y rojo, y un tiempo largo en cada respuesta. Simone Silva es una de las tantas mujeres que integran y ponen el cuerpo conformando más del 70 % del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo de Brasil.

Simone confirma que el MTST comenzó alrededor de 1990, siendo una lucha por ocupar espacios públicos, para luego intentar negociar con el gobierno local soluciones de vivienda digna. En Sao Paulo, uno de las ciudades más costosas de Latinoamérica, miles de trabajadores no tienen ingresos suficientes para pagar el alquiler de un apartamento pequeño, que puede oscilar en $450 USD, o un tiquete de metro que puede costar alrrededor de $1.50 USD, demasiado para quienes sus ingresos no superan los $500 USD mensuales.

Sólo unos minutos de charla bastaron para entender que siendo en su mayoría de mujeres, el MTST está íntimamente ligado con la politización radical de lo personal.

“Lo personal es político” resonaba, desde un sentido práctico y material, en todas las respuestas que Simone expresaba para ensayar una agenda de mujeres del movimiento.

Cada ocupación implica el involucramiento y la subversión de todas las trayectorias de la vida cotidiana: los espacios de formación y producción colaborativa, la economía autogestiva, la vivienda reapropiada, los afectos rematriados, los modos de crianza, educación y salud politizados en su totalidad por la vida colectiva. En ese paisaje, Simone confirma que las identidades disidentes son más aptas para involucrarse en el movimiento, porque generalmente tienen procesos identitarios marcados por la exclusión y el apartheid político que sufren las trabajadoras del MTST.

Existen procesos específicos para involucrarse, participar, activar y tomar decisiones dentro de cada ocupación; así también, existe un código básico y claro para sostener la vida dentro del MTST fundado en la no violencia, y fundamentalmente, en la no violencia hacia las mujeres. Simone cuenta que tarde o temprano, en la amplitud del movimiento, se dan diferentes formas de violencias para las que existen acciones políticas específicas: la reeducación y reubicación del cuadro, para el caso de que la violencia sea simbólica o verba; y en su defecto, la expulsión, para los casos en que la violencia alcanza dimensiones físicas.

La reeducación y reubicación de quien ha ejercido violencia verbal o simbólica es realizada a través de rodas de conversa, denuncias y redefinición de las funciones dentro de la ocupación. La expulsión del movimiento implica la extinción de los lazos que permitía a esa persona vivir y subsistir dentro de un asentamiento, aunque se admite que siga acompañando en marchas y manifestaciones públicas, entre otras acciones externas.

El MTST no parece estar libre de micromachismos. Dentro de la jerarquía de procesos de incorporación y participación del movimiento, la cultura patriarcal se entreteje con el activismo por la vivienda y la subsistencia digna. Centenares de mujeres se ven acorraladas a activar dentro de los espacios del MTST de forma clandestina y a escondidas de sus esposos. Muchas de ellas no solo luchan por la vivienda digna, sino por su dignidad como mujeres; la lucha por la vivienda suele ser vista por los hombres como un detrimento a su identidad masculina, fundada en la protección de la mujer y en la proveeduría del hogar.

Las trincheras desde las que se libra esa batalla diaria son tantas como las singularidades de cada una de las mujeres involucradas; el derecho a la vivienda es una vía para muchas en el camino a la ampliación de la decisión sobre el propio cuerpo, de la extensión de sus capacidades y garantías ciudadanas, de la posibilidad de educarse y empoderarse a través de la formación popular. Presas de la cultura de la propiedad privada del sistema patriarcal, muchas mujeres viven sus lazos maritales como una oportunidad de subsistir en el tejido social y económico. El “techo de cristal” de la mujer de la ilusión las obliga a pensar la vida conyugal como la única forma de obtener los recursos para una vida digna, más de las veces que imaginamos, cuando la participación en el MTST posibilita el acceso a la tierra para una vivienda propia, muchas mujeres pueden liberarse de vínculos maritales opresivos y acceden no solo a un techo, sino a una vida libre de violencia, física y simbólica.

Las historias que narra Simone dan cuenta de que el MTST no puede ser tasado a través de agendas programáticas. La vulnerabilización a la que están expuestas por el vaciamiento de las funciones y garantías del Estado obligan a una lucha radical sobre todas las trayectorias que definen una vida digna. Pareciera que como movimiento, las mujeres del MTST hacen sus propios feminismos, alejadas de las tinturas de la academia, habitadas e inspiradas por el sudor de sus cuerpos, que día a día sobreviven al sistema económico heteropatriarcal.