Machi y Ziley

Ziley Mora es un  destacado Etnógrafo e investigador experto en cultura ancestral chilena, asesor de la Fundación Imagen-País en pueblos originarios, autor de quince libros en torno a la cosmovisión, lenguaje y medicina mapuche. En el siguiente texto nos invita a volcar nuestra atención hacia la cantidad de necesidades banales con las cuales la doctrina neoliberal ha colonizado nuestras mentes, invita a hacer una lectura del mundo desde una posición colaborativa en donde el patriarcado eclipsa para dar paso a transformaciones sociales que permitan construir el Chile del mañana.

“La pobreza no es carencia de bienes sino exceso de necesidades”.

PLATÓN

Para vivir y morirse bien,  lo clave es preguntarse ¿estoy totalmente preparado para morirme hoy? Y si no lo estoy ¿qué me falta hacer, arreglar, comprender? A cada instante, en la reflexión de cada noche con la almohada, éstas son las únicas preguntas que importan.

Según el paradigma mapuche, vigente en su totalidad apenas hace menos de cien años atrás en la Araucanía,  un ser humano sólo se podía morir por tres razones, sólo por estas tres causas básicas:

  1. Por vejez (todo se acaba, todo camina a la descomposición porque todo lo rige la segunda ley de la termodinámica, la ley de entropía).
  2. Por heridas en la guerra (todo es guerra: de la muerte y de la lucha surgen todas las cosas).
  3. Por maleficio o brujería (lo que implicaba  que a la persona “le roben el alma”,  luego de que uno haya sufrido una perdida de conciencia y así le instalen luego, dentro de ella ya sin defensas,  algo ajeno a lo que “es” ella; es decir un  wekufe (un mal que es parte de un demonio).

Es decir, hasta hace unas cuántas décadas, en el sur nativo de Chile nadie se moría de enfermedad, porque allí  la enfermedad no existía, ni siquiera en el lenguaje. En  la cosmovisión mapuche  no existe la noción “enfermedad”, porque en el mapudungún, el genio de la raza tuvo el  bien recaudo de proteger a sus congéneres no inventándoles una realidad  inconveniente. Y eso se tradujo en la estrategia de no introducir  una palabra que en el acto de concebirla y pronunciarla haga “llamar” la enfermedad. Así, en esta cultura sólo existe la palabra “dolor” (kutran) para apuntar a los síntomas superficiales cuando algo anda “anormal”.

Y en sentido estricto , creemos que los mapuches tienen la razón. La inmensa mayoría de las enfermedades occidentales son por “heridas en el campo de batalla”: al bajar la alerta en la guerra cotidiana y quedarse nuestra conciencia “hechizada” o secuestrada por una impresión que no se comprendió y que después se traduce en empozamientos malignos de la energía,  como lo que se refleja  en un tumor cancerígeno, por ejemplo. O bien, por “maleficio cultural”, o por automaleficio, aquel que autohechizó por repetirse descalificativos desde la más tierna infancia. Vale decir, nos enfermamos porque en  nuestro  cuerpo se cuajan “entes externos”, minúsculos organismos ajenos que llegan desde fuera de nosotros a causa de habernos desprotegido  y exponernos a un “robo de nuestra alma”: al abandonar la conciencia, será  fijo que una entidad, un pensamiento ajeno, un meme de la moda, por ejemplo, hará su ingreso parásitamente a nuestro territorio.

Vale decir, la antigua cultura de Chile sabiamente interpretaba que sólo podían darse estas tres estrategias de la Naturaleza para sacarnos del camino de la vida biológica. Dicho sea de paso, para eso es la muerte: una manera que tiene la Naturaleza para obligarnos al cambio y  hacernos mutar, con el método de desplantarnos de un lado para ponernos en otro “suelo” y ver entonces cómo maduramos y florecemos allí en otras condiciones y bajo otras exigencias.

Hoy pensamos y creamos enfermedades y realidades inconvenientes, sufrimos  a causa de nuestras expectativas generadas por precisamente “nociones culturales” que tienen una formulación en un lenguaje. Por ejemplo, nadie de entre las mujeres musulmanas argelinas sufre en su matrimonio porque sus padres y suegros les escogen su marido (los jóvenes varones, por supuesto,  tampoco eligen a sus cónyuges). Los repudios o separaciones son por otras causas. Ellas pueden sufrir por otras motivos, pero no por este “atentado a la libertad individual” (el mito que se creen las mujeres de Occidente a partir del siglo XII). Todos -maridos y mujeres-  afirman que no es necesario el conocimiento previo, por dos razones: uno, porque ya hubo otros más ancianos, con más experiencia que ellos, que conociendo un poquito más  la naturaleza humana y las inclinaciones individuales de los niños desde pequeños, conociendo la fecha de nacimiento y sus aspectaciones astronómicas de su destino, las circunstancias casi cabalísticas de su nacer, pudieron intuir o saber lo que les convenía a esos mismos jóvenes;  y dos, porque de seguro tendrán muchos años de convivencia mutua para conocerse. Esta idea del matrimonio como “escuela de autoconocimiento” resulta ser un gran aporte musulmán (también hindú) a la cultura humana.(*). Es interesante notar que este  mismo concepto aparece en la cultura aymara del altiplano chileno-boliviano-peruano, pues la palabra “matrimonio” –jaqishasina- literalmente significa “el proceso de volverse persona”.

El problema es que el wekufe de la modernidad nos ha engañado haciéndonos creer conceptos advenedizos creados por una cultura mercantil no esencial: que el capital y la productividad son la fuente de la felicidad humana. El mundo mapuche hace otra lectura de la realidad: se vive y se trabaja no para un sueldo o unas rentabilidades,  sino para enfrentar adecuadamente el presente; no se acumula ni privatiza para el futuro, ya que el acto de vivir, en esencia implica una presencia  gozosa y práctica en el instante. Se vive para el ahora, ya que mañana bien  podríamos ser parte de la Mapu invisible, de la Mapu de Arriba, no de la de aquí abajo. Por ello, los subsidios estatales y los beneficios de la Conadi  y de los otros Proyectos del Estado, yerran cuando pretenden que, con ellos (con una pareja de animales reproductores de buena raza, por ejemplo) se busca hacer de la familia nuclear una pequeña empresa agrícola. Los mapuche no desean ser otra cosa que lo que ya son en este instante, no se compran la pauta chilena de la microempresa  porque la ven “engañosa” ya que intuyen que los aparta del camino humano -¿amargarse por cuidar posesiones en vez de ser?-. Esa es la pauta occidental de crear nuevas necesidades ficticias y de acumular para un hipotético  mañana. Por eso no se ven ni quieren ser “chilenos”. Entonces, por  lo que ellos optan es por  la felicidad: organizar un buen asado comunitario con esos mismos animales que les llegaron de tal proyecto de fomento…

Ellos, los mapuches, en el centro-sur de la república nos hacen confrontar nuestros valores, tan en cuestión en estos últimos  tiempos de crisis económica, la que hizo desplomar –junto con el dogma de desregularizarlo todo- el dogma del tener en vez de la realidad del ser. Hoy vivimos –paradójicamente- tiempos mas parecidos a los de la familia mapuche: ante un ahorro fiscal los Bancos centrales de economías en recesión nos entusiasman por el gasto –¡comernos ahora ese asado con la familia y los amigos!- ahora, en vez de reservarnos invirtiendo para un supuesto mañana de ganancias multiplicadas por mil, un mañana tan ilusorio como lo es cualquier expectativa.

Ellos –los pueblos originarios- representan una espina crítica para el modelo de economía de los estados capitalistas, porque nos hablan de la exageración del tema de la propiedad privada, nos hacen ver el absurdo de inyectar necesidades artificiales, de la estupidez de la preocupación por la rentabilidad o la ganancia diaria y acumulativa. Tras la base de todo hay en ellos una visión de la realidad de este mundo y de la vida humana como de meros “administradores” temporales  de unos bienes genéricos y colectivos del cosmos, puestos aquí, muy cerca de nosotros, no para apropiarnos egoístamente  de ellos sino  para que podamos hacer y trabajar en la verdadera función humana: crecer y madurar. Los bienes no son fines en sí mismos sino medios para otras tareas ontológicas mayores: convertirnos en wanglen, es decir en “astros luminosos del cielo”. Tal es el núcleo del antiguo mito metafísico mapuche, que aunque ellos mismos lo hayan olvidado, para ellos y para nosotros sigue absolutamente vigente: en vez de ser moscas (pellomeñ) infestadas de temporalidad e impermanencia, nuestros espíritus guerreros (pellü) tienen que metamorfosearse en pillán (la unión mística del pellu –espíritu- con el am, el “alma”); es decir, en “estrellas humanizadas”.  Lo que equivale a decir, que estamos llamados no a ostentar unas abultadas chequeras o teléfonos Smarthfone de última generación  sino convocados para  brillar  en el firmamento moral de los valores y las virtudes, tal como las otras del cosmos estelar comen, trabajan y se mueven para brillar en sus respectivos cielos …

Las empresas también sufren y  mueren solo por  tres razones. Redefinir y repensar a las empresas chilenas como los árboles del bosque nativo.

¿Qué hay detrás de la crisis? Creemos que un llamado al cambio de modelo mental para concebir de otro modo  las empresas y el trabajo humano. Toda empresa es un organismo humano vivo, que al igual que todos los demás, sólo podría tener naturales causas de muerte: a) Por vejez o agotamiento de la energía; b) por heridas en la guerra (desangranse a causa de los golpes asestados por una competencia más feroz y mejor “armada”; y c) por maleficio externo o interno (malas prácticas ocasionadas por traiciones internas a la misión empresarial, defecciones en la línea del trabajo, errores y cegueras (malas decisiones) cometidos por no estar plenamente consciente de la realidad, a causa de que algo (acaso una moda y no la práctica de las viejas virtudes) “robó el alma” empresarial.

Si una empresa no se sostiene ya más (vejez prematura), ¿para qué inyectarle más capital? ¿Por qué aferrarse a lo que ya fue? ¿Por qué mejor no aceptar que se muera e ingresarla al síndico de quiebras? ¿Por qué mejor –como los bosques nativos-  crear un renoval , plantar otra e incubar una empresa con un nuevo ciclo más apta para los nuevos tiempos?

Si la competencia hiere de muerte a una empresa que descuidó su sistema de alerta, que dejó de “acecharse” (como decían mis antiguos informantes de la Araucanía) y no innova, significa que tiene que aceptar lo inexorable: en la naturaleza sobrevive el más apto. Ahora bien, ¿por qué tendría que ser necesariamente malo morir  -incluso por descuido- si se muere con los ojos abiertos y conscientes del duro aprendizaje que nos implicó rendir la vida al más fuerte?

Una empresa que sufre “agotamiento crónico”, que se desangra lenta y con altas pérdidas anuales, ¿en qué órgano se ubicaría el maléfico organizacional o cultural?  ¿Cuáles podrían ser las  modernas  “brujerías” que la Matrix global  les hace a esos cuerpos y “personas jurídicas” que son las empresas? ¿No serán ciertos paradigmas falsos de antivalores, ciertos engaños de la cultura organizacional de hacerle creer a sus miembros que  no importan “las felicidades del corazón” en sus puestos de trabajo, que la productividad es sólo asunto de incentivos económicos? ¿No estará radicada la cosa (el wekufe, lo maligno) en el sistemático descuido de “las competencias personales para el diseño y la gestión de sí mismos” y habrá que recurrir a otros machis, -a otros gurúes no convencionales-  para auscultar y expulsar estos maleficios…?

Por tanto, la receta cambia si se aborda con esta concepción el qué hacer para conducir una empresa en tiempos de crisis. Además, a ésta se requiere verla como los árboles, ya que al igual que ellos son un organismo vivo de la naturaleza social. Vale decir, cuidar sus raíces, su tronco y sus ramas. Esto implica no hipertrofiar sus funciones haciéndola crecer artificialmente (con puro capital, por ejemplo), no exagerar su ramaje (a costa de la calidad de frutos-productos) si éste no está de acuerdo a la fortaleza limitada de su tronco o si antes no se alimentaron suficientemente bien –y en el tiempo- sus raíces. Y las raíces no pueden ser otra que un conjunto de personas dispuestas a ser felices trabajando juntas. Un árbol es lo que es y no pretende ser más de lo que es: un órgano sano productor de bienes sanos, productor de sólo una limitada cantidad de frutos, sino que dejando suficiente margen a otros arboles de la misma “especie empresarial”, sabiamente repartidos en la selva, y a otros árboles que fabrican también otros muy necesarios frutos-servicios, y así crear la armonía humana. Acaso la mejor imagen que ilustra lo que debe significar hoy una empresa post-crisis tanto en Chile como en Occidente,  viene contenido en el caso de una empresa del Congo belga que un día la gerencia de europea, por aumentar la productividad, decidió entonces aumentar también en cinco veces más el sueldo de sus trabajadores. Y ¡oh sorpresa para los supervisores!: en vez de ver el  frotamiento de manos de parte de los dirigentes obreros por este “gran triunfo sindical”, cada trabajador llevó a cinco miembros de su familia o clan para que también ellos tuvieran el ingreso que los antiguos obreros ya disfrutaban,  para así dedicar todos seis días a la semana a los trabajos humanos que sí  importan…

(*) Costumbre que más que de los musulmanes, al parecer los argelinos la adoptaron más bien de los kabiles, antiguos habitantes de Argelia de antes de Mahoma (S. VII d/C)