La desaparición y asesinato sistemático de mujeres vine siendo una constante que corre el riesgo de naturalizarse en el paisaje cotidiano de la vida política y civil de nuestras sociedades.

Según el Observatorio de Femicidios en Argentina, dirigido por la Asociación Civil La Casa del Encuentro, cada 30 horas una mujer muere asesinada por violencia sexista en el país. A seis años de promulgada la Ley 26.485, de prevención, sanción y erradicación de toda forma de violencia hacia las mujeres, las organizaciones feministas y de movimientos sociales, consideran que la falta de aplicación integral de esta normativa es una de las principales causas por las que aún no se ha logrado profundizar la lucha contra toda forma de violencia hacia las mujeres.

La aparición sin vida de Daiana Garcia, una joven de 19 años brutalmente asesinada y arrojada a un basural a mediados del mes de marzo, fue la gota que rebalsó el vaso en la indignación colectiva, potenciando el grito que desde activistas y compañeras hace tiempo viene clamando “Tenemos que hacer algo…”

niunamenos

El 26 de Marzo, bajo la consigna “Ni una menos”, escritorxs, periodistas, activistas y artistas, se manifestaron públicamente en diferentes ciudades del país, en una maratón de lectura que incluyó poesías, crónicas, novelas, y fragmentos, disparados contra los discursos mediáticos que estereotipan, cosifican y responsabilizan a las mujeres.

Desde Facción queremos apoyar la urgencia en la indignación y necesidad de respuestas colectivas a toda forma de violencia hacia las mujeres compartiendo el manifiesto “Que la rabia se haga palabra.” de las escritoras activistas Marta Dillon y Virginia Cano, leído por ellas en la Plaza Boris Spivacow, junto al Museo de la lengua y el libro, en Buenos Aires.

Que la rabia nos valga.

Yo no soy la mujer de la bolsa. Por eso estoy acá, frente a uds, leyendo este texto y respirando todo nuestro dolor, nuestra lucha y nuestra esperanza.

Yo no soy la mujer de la bolsa, porque esa (entre otras) es Daiana, quien ya no está, y nada debería borrar lo insustituible de su ausencia, lo irrecuperable e insuplantable de su muerte violenta a manos de un femicida.

Nosotras no somos las mujeres que ya no están. Pero todas ellas nos atraviesan. Nos duele su ausencia. Activa en nuestros cuerpos la memoria de las propias heridas, las veces que callamos los abusos, las que cruzamos de vereda temblando, las que nos cubrimos acatando la orden de mantener el cuerpo a resguardo porque es débil, porque podría ser tomado.

Ellas, las que ya no están, son la herida que desmadra a todas las heridas y de ese tajo común se alimenta nuestra rabia, ahí es donde se funde el sentido de nuestra lucha.

Ellas, las que ya no están, nos confrontan con el límite más cruento de un sistema hetero-patriarcal que nos quiere sumisas, devotas, calladas, temerosas. Y que, en el mejor de los casos, nos acepta “inclusivas” y comprensivas. Pero nosotras somos también las de la mano pesada, las gordas que revientan las calzas, somos las que podemos correr, las que gritan como las locas de la Plaza. Somos las que buscamos la potencia de la horda y en el abrigo de la tribu nos hacemos fuertes. En la tradición de la Furia Trava, de nuestras guerrilleras, de las amazonas del Bajo Flores escrachando a los golpeadores y en la de aquellas que tensaban el arco sobre el pecho ausente, venimos a poner el cuerpo, estos cuerpos que gozan y cogen y sufren y se celebran y pelean, cuerpos soberanos que deciden contra todo, que se plantan y dan el grito para que suene con otros.

Nosotras, las que estamos acá, tenemos que inventar las suturas para que la herida cicatrice y la ausencia no devenga vacío. Nosotras, con lágrimas en los ojos y el cuerpo en situación de guerra, nosotras decimos “basta”. Y que no se nos malentienda. Nosotras no queremos pedir clemencia, ni piedad, ni consideración. No queremos las dádivas de simpatía que les dan a sus hijas, sus hermanas, o sus amores. Nosotras queremos ser las otras, las fugitivas del heteropatriarcado, las que aprietan fuerte la herida para detener la sangre con la que nos quieren disciplinar.

Nos-otras, queremos otras vidas, otros mundos. Queremos ser las otras. Las prófugas del continuum de violencia al que nos vemos sometidas por el mero hecho de habitar un cuerpo asignado al género-mujer. Preferimos el riesgo de la intemperie compartida, el cobijo que se construye cuando se deshilvana el tejido de violencias que sostiene al mundo tal y como está, a negociar pequeñas libertades a cambio de un discurso que pacifica conciencias y exonera de responsabilidades. Nosotras no somos las mujeres de la bolsa, pero podríamos serlo.

Que la herida alimente nuestra rabia feminista, tortillera, trans, contestataria. Y que la rabia se haga palabra, arma y refugio frente a la hostilidad hetero-cis-normativa. Porque nosotras no queremos ni una menos. Nuestros cuerpos se tensan y cuentan, su historia y su memoria se tejen con otras. Que por acá no se pase más. No queremos ser ni temer ser una más en la lista de las que van a parar a la bolsa de desechos corporales del patriarcardo.

Desde la herida, construyamos el nosotras-otro que nos defienda y que repela sus violencias cruentas y sistematizadas.

Desde la rabia, enlacemos el nosotras-otro que sea la alquimia del dolor y la muerte, la resistencia al amparo de la ternura y la amorosidad.

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Ni una menos!