Por: Fabian Villegas

Foto: Mariana Iacono

Foto: Mariana Iacono

El pasado 27 de Febrero la República Dominicana celebro con un jubilo bastante polarizado el natalicio de su independencia. Quizá en muchos contextos ya es endémico al sentido común poner de relieve las narrativas de racismo y colonialismo interno que conlleva toda celebración de nacionalismo en nuestras geopolíticas, pero en el contexto histórico de la República Dominicana como en muchos otros de nuestros países, problematizar el nacionalismo desde esa perspectiva es definitivamente el tema histórico más sensible en el debate público.

El pasado 10 de Febrero en la ciudad de Santiago, República Dominicana, lastimosamente se llevó a cabo uno de los acontecimientos más trágicos, y ominosos en la historia contemporánea del país por su simbolismo explícitamente racista y xenofóbico. Que automáticamente puso en retrospectiva los maltratos, abusos, vejaciones, linchamientos por crímenes de odio durante la era de Jim Crow, la Pretoria del Apartheid o en el genocidio invisible de Rohingya.

El joven haitiano de 22 años Henry Claude Jean apareció muerto, colgado de un árbol, atado de pies y manos en un parque de dicha ciudad. Frente a la indiferencia de un sector amplio de la sociedad civil, el desinterés por parte del Estado y la manipulación de algunas instituciones de justicia competentes, que prefirieron criminalizar a la víctima, en un acto de racismo institucional argumentando que se trataba de un caso aislado, de un ladrón cualquiera al que se le dio su merecido, en vez de esclarecer responsablemente los motivos del crimen. Respaldados por un grupo amplio de manifestantes encapuchados que quemaron una bandera haitiana, y demandaron tanto la expulsión de la población haitiana migrante, como el cierre y la militarización de las fronteras de la República Dominicana con Haití.

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Foto: Diario Acento

Toda práctica de racismo obedece un problema estructural, histórico, que no se puede reducir a una balanza de discrimen y tolerancia, el racismo es mucho más complejo e intersecciónal.

El racismo es un principio organizador de las relaciones de poder, un principio organizador de la economía política, un principio de organización social que depende de instituciones políticas que sistemáticamente lo ejecuten. Y esta historia no es la excepción. Si bien el racismo ha sido una pieza medular en todo proceso histórico acontecido en la isla de la Hispaniola, relativa a la conformación de los dos estados independientes (Haití) (República Dominicana) ha sido y sigue siendo medular en los intereses y relaciones de poder generadas por la marginación y explotación de la mano de obra de la población haitiana y sus descendientes en la República Dominicana.

En Septiembre del 2013, el Tribunal Constitucional de República Dominicana delibero la sentencia 168, en la que estipulaba ambiguamente la deportación masiva de todo haitiano en estatus migratorio (transitorio) o (irregular) y la desnacionalización de todo ciudadano dominicano de ascendencia haitiana desde 1929.

Diario Acento

Diario Acento

A un año y medio de dicha sentencia y en medio de una campaña global de solidaridad con los deportados/desnacionalizados, el estatus migratorio de cerca de 220,000 personas de ascendencia haitiana sigue estando en suspenso y en estado irregular. Aspecto que ha permitido naturalizar relaciones contractuales de opresión en todos los ámbitos de la vida pública.

Si algo creo la sentencia 168 del Tribunal Constitucional fue crear un brecha irreconciliable, un antagonismo político, entre un sector amplio de la población que ha mostrado solidaridad frente a las iniciativas neocoloniales, a las arbitrariedades políticas, los decretos inconstitucionales generados por el racismo institucional de Estado dominicano. Con un sector muy amplio de la población, en el que a través del discurso del nacionalismo como un patrimonio ideológico del Estado, se han instrumentalizado las iniciativas más radicales de racismo, xenofobia, colonialismo, odio e ignorancia.

Semana tras semana hay un nuevo caso de abuso, agresión, violencia contra algún migrante haitiano/a al interior de la isla.

Foto, diario Acento

Quizá independientemente de que nos quedemos como espectadores a ver y escuchar con asombro los ecos de colonialismo interno, el racismo y auto desprecio que dejo la ideología trujillista, la elite y oligarquía hispanófila balagueriana, o los discursos científicos de Peña Batlle en Elías Piña, a un país enteramente afrodescendiente como la República Dominicana. Es momento de movilizarnos, correr la voz, participar políticamente, organizar a la comunidad, crear una campaña amplia de concientización y sensibilización que asuma la responsabilidad irrestricta de frenar mediante todos los mecanismos esta historia de abuso, ignorancia, odio y opresión.

En este pasado 27 de Febrero, no había nada que celebrar.

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