Por Gustavo Pecoraro

Mientras el Papa Juan Pablo II y la Iglesia Católica Apostólica Romana mantenían su condena a toda la comunidad LGTBI y al uso del preservativo para prevenir la transmisión del VIH, un grupo de personas decidimos convocar -desde las organizaciones en las que militábamos- la Primera Marcha del Orgullo Lésbico Gay (como se llamó esa primera vez) que fue impulsada por Gays DC, Sigla, Cuaderno de Existencia Lesbiana, Iglesia de la Comunidad Metropolitana, Grupo ISIS, Colectivo Eros y Transdevi (la CHA de aquellos años dirigida por Alejandro Salazar y Teresa de Rito rechazó la convocatoria alegando “desconocer a algunos de los grupos que convocaban” y no participó orgánicamente).

Corría el año 1992 y no dudamos nunca en que esa primer marcha partiera desde la Catedral de Buenos Aires, justo en la vereda más simbólica de la Iglesia Católica Argentina. La Catedral donde los milicos comulgaban con los sacerdotes cómplices pero que cerraba sus puertas a las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. La Catedral de los poderosos, de los golpistas, de los gobiernos antipopulares. La casa de la Iglesia del Cardenal Aramburu, el Cardenal Quarraccino y el Cardenal Bergoglio. Esa primera marcha fue el estreno de una de las manifestaciones sociales más importantes que se realizan en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y desde sus inicios se plantó anticlericalmente.