Reflexiones del Encuentro Zuma en Cali (Colombia) del 21 al 24 de enero de 2014

Empezar un tejido implica pensarse antes que nada el para qué queremos hacerlo; ya sea por fines estéticos, económicos, por la necesidad de encontrar personas de las que aprender y que quieran aprender o sea cuál sea su intención. El camino del para qué debería llevarnos a nuestro deseo más profundo. Es en esta búsqueda donde nos damos cuenta que no hay un fin último, no hay sólo un objetivo a donde llegar, no es cuestión de unanimidad sino de la diversidad de formas de pensar y actuar. Es preciso vivir y hacer camino andando, lo importante son las acciones que lo construyen. Las preguntas son entonces: ¿cómo construimos este camino?, ¿es posible construirlo entre todas/os? Sabernos en un mundo interconectado donde lo que cuenta son las personas y sus múltiples potencialidades nos abre el panorama de las posibilidades, antes que formar parte de otra red, otra articulación o lista de correo que acabará en nuestro cementerio de filtros.

El Encuentro Zuma parte de esa necesidad que cada vez más reclamamos desde la gestión cultural y la comunicación. Antes que plantear grandes objetivos parte de la sencillez de encontrarnos y reconocernos, del querer juntarnos para buscar soluciones en el saber colectivo y de la necesidad latente de estimular el pensamiento para construir desde la reflexión sobre nuestro contexto. La gestión realizada desde TeléfonoRoto y La Múcura, con el apoyo de Hivos, fue la consecuencia de estos principios. Decenas de colectivos de diferentes regiones de Colombia se reunieron durante 3 días para construir a partir  de las diferencias, la confianza y las necesidades comunes; esto sumado a la posibilidad de conocer las experiencias de gestores y comunicadores de Ecuador, Bolivia, Brasil, Venezuela y España.

Comunicación, Sostenibilidad y Participación; los tres núcleos propuestos para enfocar las reflexiones y la creación, se fusionaron con diversos formatos que emergieron de manera orgánica y espontánea, motivados por el deseo de construcción colectiva, la reivindicación de las diferencias y su potencial de creación y un profundo deseo de actuar desde el sentir.

Los encuentros nos sirven, definitivamente, para generar empatías, desencuentros, discusiones, orientados a descubrir qué es eso que queremos y, sobre todo, qué es lo que nos une. Habernos visto las caras nos permite conectarnos de una forma más humana al volver a nuestra cotidianidad, es decir, por medio de las posibilidades que nos ofrece tanto el email, las listas de correo, los grupos en redes sociales y un gran número de redes digitales en las que la contemporaneidad nos ha metido. La clave es no perder el hilo de para qué queremos usarlas.

De Cali nos llevamos varios aspectos claros. La red no nace de la noche a la mañana por denominarla como tal, más que un nombre es un ecosistema de relaciones sinérgicas que se nutre a partir de la generación del bien común: es orgánica, multidimensional, vive si hay flujos de energía, información, saberes y experiencias y muere si estos dejan de existir. Las/os que ya están trabajando bajo los principios de lo colaborativo, tanto en Colombia como en América Latina pueden hablar de esto. En el aire quedó la sensación de que en Colombia es pertinente una articulación de articulaciones. De ahí que haya resultado, en la reunión de Centros Culturales, la iniciativa de reconocerse como Zuma Ecosistemas Culturales, una articulación de actores culturales que se extiende a lo largo del territorio colombiano y que nos permite pensar en un sector fortalecido para hacerle frente a los desafíos que trae la construcción del mundo en el que queremos vivir: una sociedad en la que el papel del arte y la cultura como ejes del desarrollo social sea valorado, apoyado y fomentado. Este camino se promueve desde una sociedad civil en diálogo y organizada.

Nos vamos hablando menos de nosotras/os mismas/os y más sobre qué podemos ofrecerle a las/os demás a partir de nuestro quehacer y experiencia. Nos vamos inspiradas/os por las múltiples experiencias de hermanas/os colombianas/os y latinoamericanas/os, personas que desde sus contextos locales se están pensando alternativas de creación, gestión, comunicación, producción, sustentabilidad y formación, para construir nuevos imaginarios bajo principios que, a diferencia de la mayoría de los sistemas tradicionales, honren nuestras relaciones como parte de un todo.

Llegamos y nos fuimos lloradas/os, como decía Juan Espinoza (Telartes, Bolivia), pues más que un espacio para quejarnos del país en el que nos tocó nacer, fue un espacio para soñarnos el país que deseamos. No vinimos a sentirnos seducidos por las redes, sino a tomarlas por asalto para crear todas las realidades posibles que soñamos. Nos importan las personas. No los objetivos difusos, sino aquellos compartidos. Estamos creando de abajo hacia arriba. Las conexiones nos fortalecen (como ya dijimos) gracias a nuestras diferencias.

El reto, más allá de cualquier cosa, es volver a nuestros territorios, espacios, vidas… y saber que el participar de estos escenarios es una suerte inmensa que si no es compartida de forma participativa, colaborativa y abierta dejando los mecanismos para que sea continuado por todas y todos, no lograremos canalizar la fuerza de estas articulaciones.

Posibilitar encontrarnos y abrir el diálogo para pensar-nos fue también la excusa para crear juntos la memoria de lo que fue el Encuentro Zuma a través de mapeos sonoros, cartografías de relaciones, registros analógicos, carpetas compartidas, bases de contacto y demás mecanismos de interacción que hoy nos permiten pensar en la posibilidad de seguir construyendo.

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